
Rodolfo se llamaba mi profesor de natación.
Tenía la vaga idea de saber nadar desde que nací, como los roedores o los perros, pero ayer que procuraba poner mi mente en blanco y dejar el estrés en la piscina, una palabra resonó en mi mente: "musaraña"
Para Rodolfo todos éramos musarañas, esos pequeños mamíferos parecidos a un ratón y emparentados con los erizos y los topos.
Supongo que así le parecíamos de pequeños, tratando de nadar, porque él enseñaba a los más pequeños, desde el kinder, y seguíamos siendo "musarañas" incluso cuando ya habíamos crecido y jugábamos waterpolo en la secundaria.
Entonces teníamos lockers y de vez en cuando había revisiones "sorpresa". Cualquier cosa que pudiera parecer "material prohibido" iba a dar a la oficina de Rodolfo antes de caer en manos de los prefectos. Ahí lo escondíamos hasta que hubiera pasado la amenaza. Él solo se reía y seguía dándo instrucciones en la alberca con esa voz grave y fuerte que tenía y que lo hacía maestro de ceremonias en los eventos de la escuela.
La tradición dictaba que el último día de clases, los que se graduaban iban a dar a la piscina con todo y uniforme, asi que él vio cómo las generaciones entraban temblando al agua y salían de ella hacia el mundo.
Mi hermano estudió ahí mismo, asi que de vez en cuando pasaba a saludarlo, incluso cuando ya estaba en la universidad. Yo por supuesto, seguía siendo una musaraña.
Tenía buen sentido del humor, la sangre ligera, el cabello rizado y canoso, siempre se veía igual.
Irónicamente fumaba como loco, y no contento con haber sufrido varios infartos seguía haciéndolo.
Por supuesto que un día ese gran corazón no resistió el último ataque y todas las generaciones de musarañas nos quedamos un poco huérfanas.
No se si esos bichitos sabrán nadar desde que nacen, pero nosotros aprendimos tan bien que algunos volvemos a la alberca para olvidarnos del resto del mundo.