Ya es octubre.
Y es un octubre que ha llegado cargado de tanto otoño que me tiene fascinado.
O será que esto de mudarse de continente tiene efectos secundarios.
Una vez tuve una novia mitad (o un cuarto) gitana. La pobre estaba loca de remate y para colmo no sabía hacer esas cosas que se supone hacen las gitanas, como leer la mano o el café. Pero venía de otro continente y se mudaba de casa un par de veces al año. Eso me gustaba. Eso y sus faldas, esas sí de pura gitana.
También el otoño ha llegado con lo que parece un nuevo [des]orden económico mundial. En plena crisis unos se aferran al barco que se hunde sin remedio y otros ya cantan un orden multipolar. Y eso quizá de una vuelta a las elecciones que se avecinan.
Pero de eso están llenos los noticieros y diarios.
Yo, que soy una persona más de inviernos que de veranos, me alegro de seguir caminando la ciudad entre la gente y las hojas que en verdad son amarillas y en verdad caen con el viento, como en los libros para niños.