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sábado, 8 de noviembre de 2008

219. Relatos imposibles para una noche de invierno. I

Estoy muy viejo para enamorarme.
Y Ovidio lo repitió por tres veces más como maldición cuando la señora de atrás comía algo con olor horrible a cebolla y ajo.
Y lo repitió cuando la desparramada del asiento de al lado se le acercaba cada vez más.
Y lo dijo cuando después de horas de camino ya no sentía las piernas y no había posición humana que le diera un poco de alivio.
Pero ahí estaba en el camino a Belgrado sin saber más que tres palabras de serbio: El nombre de ella y "cásate conmigo".
Bien visto era una sandez y quizá por eso repetía esas palabras como letanía. Una letanía con cada vez menos fe y convicción, porque no olvidaba que esa era la gran mentira que se había inventado aquella tarde frente al mar.
Allá afuera el invierno era una condena a muerte directo al desfiladero y el autobús no tardaba en irse al diablo con todo y los ajos y las cebollas.
Y lo sabía también, pero entonces ahí estaba la imagen de ella cantando esa canción de la cual él no entendía nada, excepto que no había mejor manera de morirse que oyéndola.
Estoy muy viejo para enamorarme, se dijo.