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domingo, 8 de marzo de 2009

241. Resaca

Ulises se despertó con un terrible dolor de cabeza. Por un instante no reconoció la habitación en la que se encontraba, pero ya estaba acostumbrado a esa sensación desde hacía tiempo.

Abrió la ventana y se encontró con un bosque en vez del océano habitual. Imaginó haber llegado a Ítaca.

Volteó a ver pensativo la cama de la cual acababa de levantarse.

-¿Qué pasó con el mar? –le dijo a la chica entre las sábanas-.

-Pregúntale a la "bruja" de tu novia, respondió Penélope con ironía y desvelo, recordándole sus mismas palabras de la noche anterior.

Buscó 'Circe' en la pantalla del celular, pero se detuvo. Ayer habían discutido de nuevo. "Tus amigos son unos cerdos" -por ahí había comenzado la pelea-, y recordó que una vez más había decidido dejarla.

sábado, 8 de noviembre de 2008

219. Relatos imposibles para una noche de invierno. I

Estoy muy viejo para enamorarme.
Y Ovidio lo repitió por tres veces más como maldición cuando la señora de atrás comía algo con olor horrible a cebolla y ajo.
Y lo repitió cuando la desparramada del asiento de al lado se le acercaba cada vez más.
Y lo dijo cuando después de horas de camino ya no sentía las piernas y no había posición humana que le diera un poco de alivio.
Pero ahí estaba en el camino a Belgrado sin saber más que tres palabras de serbio: El nombre de ella y "cásate conmigo".
Bien visto era una sandez y quizá por eso repetía esas palabras como letanía. Una letanía con cada vez menos fe y convicción, porque no olvidaba que esa era la gran mentira que se había inventado aquella tarde frente al mar.
Allá afuera el invierno era una condena a muerte directo al desfiladero y el autobús no tardaba en irse al diablo con todo y los ajos y las cebollas.
Y lo sabía también, pero entonces ahí estaba la imagen de ella cantando esa canción de la cual él no entendía nada, excepto que no había mejor manera de morirse que oyéndola.
Estoy muy viejo para enamorarme, se dijo.

domingo, 14 de septiembre de 2008

202. En otra vida. في حياة الآخرة



Me despertaron los golpes en mi puerta. "Alguien te busca", me dijeron.
Bajando las escaleras me encontré con su imagen a unos cuantos metros en el jardín. Llevaba una pequeña mochila y una gorra en la cabeza. Quizá es porque todavía estaba adormilado, pero me dije que si los arcanos del Tarot cobraran literalmente vida, éste sin duda sería El Loco.
Todo es culpa de Jung, lo sé. Todo es culpa de mis lecturas nocturnas y de las asociaciones libres.
Me apresuré a su encuentro y después de los saludos que se hacen después de dos o tres años de no ver a alguien, lo invité a tomar café.
Cuando apenas llegué al Medio Oriente, él fue el primero en acercarse e invitarme un café. Mi primera lección fue que el beduino que cada jordano trae dentro es más hospitalario que el supuesto fenicio que cada libanés dice llevar consigo.
Tmbién una de las primeras cosas que me dijo fue "Mira, probablemente el único árabe que encuentres por aquí soy yo". Y entonces me puse contento de haber hecho un amigo árabe en el Medio Oriente.
Tengo una particular suerte para encontrar ovejas negras en mi camino y a menudo tengo la suerte de hacerme su amigo. Las ovejas negras son las que renuncian a ser parte del rebaño, pero que no tienen intención de ser pastores, como cuando Zaratustra pedía compañeros de viaje y no seguidores.
Mi amigo procede de una muy añeja familia de sacerdotes ortodoxos y si está de humor, me gusta preguntarle sobre el origen del nombre de su familia: Khouri, que quiere decir cura.
Hace un gesto, como tomando aliento y eligiendo el punto de la historia en el cual empezar:
-Pues mi hermano es sacerdote y mi padre también lo era. Mi tío y mi abuelo claro, pero lo interesante viene cuando mi bisabuelo enseñaba a la gente la lengua árabe a escondidas de los turcos en su iglesia, porque en ese entonces estaba prohibido...
De tal forma que no solo viene de una muy vieja familia de curas, sino de nacionalistas árabes, y así en lugar de vestir sotana -quizá vendió la suya de seminarista-, con un libro de Nietzsche en la mano proclama en plena Universidad de Tesalónica que ya va siendo hora de que los griegos desocupen el Patriarcado de Jerusalén y dejen de vivir a expensas de Palestinos y Jordanos.
Por supuesto antes de ser expulsado, él los mandó al diablo considerando que ya sabía bastante griego y teología como para quedarse ahí.
Lleva más de un año viajando con esa mochila al hombro y ese libro dentro. Me aseguró que es felíz y lo creí. Desde el principio nunca nos salió mentirnos.
Vino a visitarme antes de que me fuera de este lugar y por supuesto no le pregunté cómo supo cuándo venir.
Cuando nos despedimos, le dije que esperaba encontrarlo otra vez, pero que si no, tampoco importaba, pues ya sería en otra vida.

lunes, 26 de noviembre de 2007

café I

En recuerdo de Nizar Qabbani.

Es cosa de sentarse a hacer cualquier cosa, leer, platicar con algún amigo, o simplemente tomar café y tener un poco de suerte.
El calor del día se va haciendo frío húmedo en la tarde-noche, parece que en cualquier momento se va a soltar el chubasco.
Asunto de esperar a que llegue y finalmente se dé cuenta que lo estoy esperando, como hace una semana, como hace dos.
Jugar a las posibilidades absurdas, a que el mundo se hace pequeño o grande según circunstancias fuera de nuestro entendimiento, pero que como sea, uno puede intentar hacer algo, dar bastonazos de ciego tal vez, pero tener el bastón en la mano en lugar de echarse a dormir.
Y porqué no ir y decirle cualquier cosa, así como no queriendo y tragarse la vergüenza estúpida de no saber que hacer ni que decir, aunque tenga que oír una y otra vez después la vocecilla molesta de haber hecho una tontería a la hora de la hora y no tener cara…
Pero de cualquier forma si no se ha enterado que estoy aquí, que no soy parte de la decoración de este lugar, si no me conoce y tal vez nunca regrese, y luego como de costumbre el horrible "hubiera".
Ahí esta.
Otra vez con esa cara de distraído, cargando ese abrigo ni verde ni negro que nada más le sirve para guardar el periódico que rara vez lee más de diez minutos y por supuesto, los cerillos.
Express o capuchino, según se decida a última hora, la cuestión es no salirse de las mismas opciones seguras. Y yo no he de tener facha de alternativa sin riesgo y mucho menos de riesgo sin alternativa.
Se va dejando la barba como por concesión, como si hubiera decidido rebelarse por tres días seguidos a la rutina de afeitarse, pero solo por tres o cuatro días. Hacerse el duro un poquito, y seguro le lleva más tiempo estársela recortando para que se vea así.
Sin atención tomó el azúcar frente a mí, disolvió en el pequeño vaso dos cubos y sin él saberlo me fui empapando de su café hasta deshacerme y perderme en la espuma que toca la boca y que se queda por un instante en el borde de sus labios.
Una vez más sin siquiera descubrirme, sin enterarse de cómo tiemblo y me hundo, deposita el dinero exacto y calculado desde antes, hace un gesto al encargado y como con prisa de atender algo importante se pierde en el ir y venir de ruido y de gente allá afuera dejando sin leer el periódico, y sin leer mi soledad de él.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Sonrisa extraviada


Rodrigo se sentó en ese largo sillón frente a la ventana que había comprado cuando era soltero. Se quitó los zapatos como siempre y se estiró viendo el parque de enfrente. Abrió la ventana para que Cecilia no protestara y encendió un cigarrillo.
El olor de lluvia pasada se mezcló con el del tabaco obscuro y suspiró cansado, o fastidiado, o simplemente resignado.
En un viejo hábito comenzó a pasar las llaves con los dedos como si fueran cuentas y entonces algo le llamó la atención: Una de esas llaves no parecía ser suya, o mejor dicho parecía ser ajena a ese llavero. La observó con cuidado y extrañado no pudo decir de dónde era. Se veía gastada por el uso y no atinó a recordar si ya antes la había visto.
Era una llave moderna, de seguridad, como de una puerta. Dudó por un instante de su memoria, se sabía distraído, pero esto era demasiado. Recorrió mentalmente las puertas, chapas y candados conocidos pero ninguno coincidía con ese objeto.
Para no hacer el tonto, decidió esperar a que Cecilia o Fernanda le dijeran algo, pero pasaron los días y ni su esposa ni su hija hicieron referencia alguna, de hecho se fue percatando que en realidad casi no hablaba con ellas.
El pequeño trozo de metal se fue convirtiendo en un entretenimiento, pues descubrió que imaginar los probable sitios que abría era extrañamente reconfortante, poco a poco comenzó a sonreír de nuevo, como cuando conoció a Cecilia, cuando estudiaban allá tan lejos, como cuando le comenzaron a decir "doctor" y a mirarlo con respeto, como cuando Fernanda empezó a hablar y para sorpresa de todos lo primero que soltó al mundo fue "Digo"
Aquel jueves tuvo que salir tarde del trabajo gracias a uno de los estúpidos proyectos de González y para no verse atrapado en el embotellamiento de la Calle Miranda decidió sin mucho pensarlo cortar por la Escalada y de paso ver los edificios y jardines que tanto le gustaban cuando estaba en la universidad. Se estacionó al lado del número 25, bajó apresurado levantándose el cuello de la gabardina, ocultándose de las ráfagas de viento y lluvia. El portero abrió la gran puerta de cristal del edificio y le saludó con familiaridad "buenas tardes doctor". Él estuvo a punto de quedarse de una pieza sin saber qué decir, pero en cambio entró y corrió hacia el ascensor que ya se cerraba.
Hola, dijo amigable la chica que ya estaba dentro y pulsó dos botones. Al bajar en el último piso, ya solo y con la piernas temblándole, oyó sus propios pasos que le llevaban a una ancha puerta, de un color azul indefinido, de un color marítimo, de un color Mediterráneo.
Aún pensando en que la muchacha del elevador se parecía tanto a Cecilia, ya sin dudarlo y con un brillo en los ojos, Rodrigo Echegaray sacó aquel pequeño objeto metálico, lo separó cuidadosamente de los otros y lo hizo funcionar.
La lluvia empezaba a entrar por la ventana, corrió a cerrarla y entonces percibió el olor a tabaco obscuro. ¿Mamá? ¿Dónde está Rodrigo? Pues… supongo que habrá ido a tirar por fin ese viejo sillón.