Mostrando las entradas con la etiqueta café. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta café. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de junio de 2010

298. Café VI قهوة

Frase en un café para gente que lee en ayunas:

El café de cada mañana es el símbolo de la vida que consumes día a día:
Amargo, fuerte y con un gusto difícil de explicar.



miércoles, 29 de octubre de 2008

214 Café V قَهوَة

Sostuvo el cubo de azúcar entre sus dedos y rompiendo la superficie líquida sumergió una mínima parte en el café. De a poco, su propio reflejo fue subiendo, saturando el pequeño objeto. Ella miraba pensativa detrás del azul y gris de sus ojos, como el mar frío de su infancia.
Mientras cerraba los párpados, dejaba que el dulce y amargo se disolvieran entre la lengua y el paladar.
Dos monedas sobre la mesa y se fue sin tocar el café.
Mañana volverá. Y él, una vez más, soñará con robar ese reflejo para llevarlo a navegar por los mares del norte.


viernes, 29 de febrero de 2008

127

Aclaración con respecto a la entrada de hoy en el blog de al lado:
El café instantaneo no es café.
El café del que hablaba era sin azúcar.
Cada taza de café sabe diferente.
El café además, en sentido abstracto, puede saber a muchas cosas, así que la lógica invertida no funciona.
El café instantáneo NO es café.
Gracias.

Café IV, Alquimias قهى


La felicidad tiene sabor a café, tomado en pequeños sorbos. Lo juro.
Lo descubrí esa noche fría, al otro lado del río.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

cafe III

Para mi hermano Hafid,
por compartir en una taza los sueños.

Amigo mío,
¿qué hacemos aquí viendo pasar nuestros anhelos?
¿Por qué nos sentamos aquí cada semana a hablar
de ciudades lejanas, de sueños errantes?
¿Cuándo aprendimos a beber en nuestro café amargo
los desconsuelos y las traiciones?
Dime una vez más si la encuentras
en el asiento de mi taza,
o mejor no me digas,
y ¡pide que se la lleven!
Dime si volveremos a sentarnos aquí,
mi amigo, tan solo a tomar café.

cafe II

Me escondo en los caminos que ha dejado el café.
Veo una montaña, quizá un volcán;
un valle, quizá un desierto.
Me busco en los caminos que ha dejado la tinta.
Agua, quizá el Mediterráneo;
agua, quizá la lluvia en tu ventana.
Y la gente pasa ajena,
caminando por su propia borra de destino,
manejando por su propio libro de pasado.

lunes, 26 de noviembre de 2007

café I

En recuerdo de Nizar Qabbani.

Es cosa de sentarse a hacer cualquier cosa, leer, platicar con algún amigo, o simplemente tomar café y tener un poco de suerte.
El calor del día se va haciendo frío húmedo en la tarde-noche, parece que en cualquier momento se va a soltar el chubasco.
Asunto de esperar a que llegue y finalmente se dé cuenta que lo estoy esperando, como hace una semana, como hace dos.
Jugar a las posibilidades absurdas, a que el mundo se hace pequeño o grande según circunstancias fuera de nuestro entendimiento, pero que como sea, uno puede intentar hacer algo, dar bastonazos de ciego tal vez, pero tener el bastón en la mano en lugar de echarse a dormir.
Y porqué no ir y decirle cualquier cosa, así como no queriendo y tragarse la vergüenza estúpida de no saber que hacer ni que decir, aunque tenga que oír una y otra vez después la vocecilla molesta de haber hecho una tontería a la hora de la hora y no tener cara…
Pero de cualquier forma si no se ha enterado que estoy aquí, que no soy parte de la decoración de este lugar, si no me conoce y tal vez nunca regrese, y luego como de costumbre el horrible "hubiera".
Ahí esta.
Otra vez con esa cara de distraído, cargando ese abrigo ni verde ni negro que nada más le sirve para guardar el periódico que rara vez lee más de diez minutos y por supuesto, los cerillos.
Express o capuchino, según se decida a última hora, la cuestión es no salirse de las mismas opciones seguras. Y yo no he de tener facha de alternativa sin riesgo y mucho menos de riesgo sin alternativa.
Se va dejando la barba como por concesión, como si hubiera decidido rebelarse por tres días seguidos a la rutina de afeitarse, pero solo por tres o cuatro días. Hacerse el duro un poquito, y seguro le lleva más tiempo estársela recortando para que se vea así.
Sin atención tomó el azúcar frente a mí, disolvió en el pequeño vaso dos cubos y sin él saberlo me fui empapando de su café hasta deshacerme y perderme en la espuma que toca la boca y que se queda por un instante en el borde de sus labios.
Una vez más sin siquiera descubrirme, sin enterarse de cómo tiemblo y me hundo, deposita el dinero exacto y calculado desde antes, hace un gesto al encargado y como con prisa de atender algo importante se pierde en el ir y venir de ruido y de gente allá afuera dejando sin leer el periódico, y sin leer mi soledad de él.

viernes, 1 de septiembre de 2006

Café I قهوة

Un día, o quizá una noche, extravié las palabras. No sé si fue en aquel viaje y si se fueron por accidente en la última carta que escribí, -de la cual, por cierto, nunca supe nada-. Quizá simplemente se quedaron sobre la mesa, cerca del asiento del café.
Posiblemente no debí jugar a meterme en los laberintos de la caligrafía sin tener un mapa, una guía de viajero metafísico.
Tal vez es el pago doloroso por dejar en el cajón del olvido todas esas cartas que nunca llegaron a su destino. ¿Cuánto cuesta una palabra desperdiciada?
Busqué belleza en el silencio y la encontré, pero también comprendo que como en música, eso solo funciona en la armonía del sonido.
Los frascos de tinta son recipientes de murmullos.